Sólo puede quedar uno (Lola Gil Estevan)

Desde que tengo uso de razón, siempre ha sucedido así.  Cuando éramos pequeños, en casa pasaba continuamente. Parecía sacado de  la película de Los Inmortales: solo puede quedar uno. Y es que así era, el día que menos lo esperabas,  ¡solo quedaba uno!  ¡Pero si los compramos hace una semana! Y siempre ocurría de la misma manera. Viernes  por la tarde, hora de hacer la colada, cada uno  llevaba su ropa sucia al cuarto de lavar. Separábamos lo ropa blanca de la ropa de color, la ropa interior de la ropa de calle, los calcetines, cada uno con su pareja. Todo perfecto y controlado. Sin embargo, al plegar la ropa limpia… ¡Nooo! Volvía a pasar. Era imposible emparejar los calcetines, pues salvo alguna excepción, de cada dos sólo quedaba uno, y eso nos obligaba a hacer combinaciones imposibles. Siempre tuve la sospecha de que un malévolo ser disfrutaba con nuestra desesperación e impotencia. Estoy segura de que vive allí, agazapado en algún lugar entre la lavadora y la tabla de planchar. Pero este viernes…, este viernes, lo pillo fijo.

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