Subir (Isidoro Álvarez González)

Cuando te acercabas a mí, a explicarme esa técnica, un brochazo maestro, combinando los colores no sobre la paleta, si no sobre el lienzo, tu mano perfecta, madura de experiencia femenina, me mostraba el valor de tu presencia. Yo buscaba en ti hasta cuando bajábamos las escaleras de esa vieja escuela, incluso de camino al Metro. Me empeñaba, filosofé con el sí y el no de acompañarte, los combinaba como en la paleta, pero frente a tu maestría, mi torpeza se encontraba, y yo aprendía, también te idealizaba. Eras mi primera práctica de filosofía, la que nunca tuve en años de carrera, práctica de calle, confundido en tu presencia, imaginando en tu ausencia los detalles que uno inventa. Te reías y yo sonreí, porque al mirar en mis manos, en ellas, la filosofía no era algo con lo que te pudiera “pegar” en la cabeza. Me venciste, y yo, encantado, me rendía.
Tú no estabas sola. Después de la lucha y el dolor, me dejaste la belleza. Seguí aprendiendo de ti, sin tú saberlo, por dónde va el camino, cómo se anda por él, creyendo que bajaba al infierno, para luego descubrir… -¿te lo puedes imaginar? -que era a mi altar donde estaba subiendo.

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