Un sueño occidental (Jimena Santángelo)

La noche de aquél veintisiete de septiembre, Emma Leibniz, que antes había tenido otro nombre, no necesitó soñar con los primeros padres, ni con los tesoros de su patria perdidos en la guerra.
Soñó, en cambio, con otra niña, sucia y descalza, que huía del horror y del hambre. Desesperada, intentó enseñarle la trinchera que alguna vez le había servido de refugio, pero no lo quiso la demora de los movimientos, propia de los sueños; una bala alcanzó el cuerpo de la infante y en el pecho de una Emma sin vida, una flor roja de deshojó.

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