El sueño de Vargas (Raúl Bocanegra)

Vargas el mariachi tenía frío. Despertó de la siesta destemplado después de la farra del día anterior, en la que, en compañía de su compinche Juan, el lanzador de puñales, había acabado con las existencias de ron de Casa Amparo. Se había pasado casi toda la mañana durmiendo. En los breves ratos en que la resaca le dejó, había ensayado un par de esas tristes y estúpidas melodías de pasión y desengaño que le permitían ganarse la vida. Vargas pensó que los sueños de la siesta tenían una consistencia distinta a los sueños de la madrugada. Si alguien le hubiera preguntado, habría dicho que la diferencia es como la que hay entre una estatua de mármol y una escultura de arena. Vargas había soñado que Lucía, con los labios carnosos pintados de un rojo intenso como el amor, bailaba con un vestido hermoso, que giraba con ella como los pétalos de una flor.

Vargas la miraba sentado en un bordillo, con los codos sobre las rodillas y la cabeza sobre las manos. Al despertar, le pareció extraño estar en el sofá azul, en la penumbra melancólica de la persiana bajada, y no en esa acera luminosa y feliz. Como si el sueño fuera realidad y la realidad sueño. Se tapó con la manta para seguir durmiendo.

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