Sueños de fogueo (Álvaro Pina Arrabal)

Tras abducirme mientras dormía, me condujeron al habitáculo A17z con fruición victoriosa, a juzgar por la estridencia de sus soniquetes metálicos y la luz roja intermitente que afiligranaba sus verrugosas membranas centrales. Lejos de escatimar en recursos, me arrojaron a un tanque de esterilización individual: “¿Cómo no prodigarnos con tan desinteresado huésped?”, parecían decirse, cabriolando ya a mi alrededor con sus exiguos cuerpos caquécticos. Permanecería allí por tiempo indefinido a la espera de ser torturado, diseccionado o, con suerte, criogenizado y enviado de vuelta eones después para servir como esclavo en su plan de colonización terrestre. ¿En los tiempos que corren, quién rehusaría acaso un puesto de trabajo vitalicio?

La realidad, sin embargo, fue menos sustanciosa: desperté de la pesadilla envuelto en la calidez –especialmente reconfortante– de las sábanas de franela, aún con dos horas más de apetecible sueño por delante. Dado el exotismo del tour, le debía un viaje a mi imaginación; sopesé el Caribe, pero me vi obligado a algo más continuista cuando ubiqué la procedencia del calor, ya entumecedor, en el haz de luz que me elevaba hacia la nave nodriza.

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