Sumisión (William Wall)

Qué sumisos se vuelven los hombres cuando les clavas un cuchillo en el vientre. Yo soy una mujer razonable a la que no le gusta discutir y menos aún que me griten. También puede que sea algo impaciente, pero he tenido mala suerte con los hombres, porque todos me han salido vocingleros. No me quedó otra, pues, que aprender a defenderme. Y tardé tres hombres en hacerlo de la manera adecuada. Aprendí que si los acuchillaba en el tórax, ya fuera de frente o por la espalda, se ponían histéricos y se formaban unos barullos espantosos. Algo de veras desagradable.
Fue a mi dulce Arthur al primero que asesté el tajo en el bajo vientre. El efecto del golpe fue asombroso. Se calló al instante. Todavía, antes de que muriera, tuvimos tiempo de mantener una conversación civilizada. Quiero decir que ni discutimos ni gritamos. Es cierto que a nadie le agrada, y menos en esas circunstancias, que le llamen loca y asesina pero el que te lo digan con un tono sosegado y sumiso ayuda a sobrellevar la dureza de esas palabras.

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