Tánatos no juega a los dados (Adrián Raich)

El ambiente estaba cargado de un misticismo inefable. La noche empapaba de oscuridad aquel bosque negro y abundante, humedecido tras el constante azote de tormentas inclementes. Un destello eléctrico cruzó el firmamento, conectando la bruma celeste con las venas metálicas de un castillo legendario. La energía se concentró sobre un cuerpo exánime, sin aliento, que reposaba en un altar profanado por la curiosidad. Una sacudida violenta invadió el cadáver, iluminándolo con un fulgor casi divino. La estancia se llenó del humo blanco que precede a la disolución de todo enigma. Una desmedrada silueta surgió tras el velo vaporoso, caminando con tosquedad y discrepancia.

–¿Está vivo o muerto? –pregunté emocionado.

–No lo sé –respondió Schrödinger–, puede que ambas cosas a la vez.

Incrédulo frente a la paradoja, avancé con llanto infantil hacia esa figura renacida, deseoso de abrazar la felicidad. Antes de alcanzarla, sin embargo, un monótono sonido penetró en mis adentros destruyendo todo atisbo de ternura. Eran las siete de la mañana. La caja de sueños se había abierto. Mi gato seguía muerto.

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