Tango (Justine Redenaque)

Ya nadie toca el piano en La Divina. El polvo gris cobija el terciopelo del teclado. Un olor antiguo impregna el salón. Bajo mis pies cruje la tarima avivando el pasado, la cruda dimensión que me vincula a esto.
Pido una absenta como un reclamo del ayer y el camarero regresa sobre sus pasos. Una voz de mujer le grita dónde oculta la bebida. Es su voz, me engaño. Su voz como un puñal desgarrando mi entraña.
La botella es vieja como la estancia, la deja sobre el mármol junto al agua helada. Desde el espejo me escruta un hombre extraño: greña cana, camisa blanca, chaqué ajustado, zapatos de charol. Me digo que la cárcel te escupe pegado al pasado.
Sigue su retrato sobre el frontal del mostrador. La femme fatal levita en la cheslong, la boquilla larga en la comisura, la absenta en la mano. Enciendo un cigarro y el humo me aviva, retiro el tapete y tecleo con furia la pieza que entonces no pude acabar.
“Que 20 años no es nada…” lloro. Tecleo y fumo, tecleo y bebo… y bebo… Veo a la Divina acuclillada sobre el cuerpo de mi hermano. Lances, sangre y pólvora. Me envuelve el eco del piano destemplado.

Sobre el parqué, repican a mi espalda unos tacones lentos.

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