Té al limón (Miguel Adrover Caldentey)

No pudo evitar perder su mirada entre las mesas vacías  del local, mientras el azucarcillo se disolvía lentamente en la taza humeante.
El local donde tantas y tantas veces se habían sentado, seguía siendo el mismo, mesas redondas, confidentes de miles de historias, celestinas de entre penumbra, todas ellas marcadas con cicatrices dejadas por cigarrillos huérfanos, abandonados por manos y labios deseosos de otras sensaciones.
Aunque hoy, para él, nada era igual.
La había conocido allí. Le hubiera gustado recordar que fue en una lluviosa tarde de otoño, pero no, era una asfixiante noche de verano, una de esas noches de sopor y tedio que, se alargan desde la puesta del sol hasta el aguante de cada uno.
Allí la había invitado por primera vez, deseoso de compartir un Gin Tonic con mucho hielo.
Ella aceptó la invitación,  -un té al limón- . Descolocado, él pidió otro por compromiso.
Antes, el té no le gustaba.
Ahora, diez años y miles de tés después, ella le había dejado, sencillamente se había ido, sin explicaciones.
Tomó un sorbo, corto, caliente, con ese punto de dulzor. Como los besos que intentaba olvidar. Seguía tomando té en su honor.

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