Te dejé en el parque (Gabriel López)

El pedacito de pan, cubierto de pies a cabeza por el verde moho, vino a mí, acercándose lentamente por mi flanco izquierdo desde la esquina de la banca. Algunas pocas boronas se desprendieron de su cuerpo frágil en medio del evidente esfuerzo. La brisa, por su parte, le arrancó varios trocitos que se alejaban ligeros sobre el viento hacia cualquier parte. Al cabo de una hora el pedacito de pan se convirtió en un montón de harina verdusca, a escasos centímetros de mi pantalón. Diezmado por completo, me lanzó una última mirada cuyo estoicismo iluminó mi espíritu. En su expresión se formó una sonrisa solemne, ajena a dolores o penas, y después, sorprendido ante la muerte, se apagó mientras yo me alejaba entre las sombras.

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