El tiempo en un nombre (María Jazmín García Sathicq)

Ella crea mundos con la imaginación. Un día, por ejemplo, caminaba por la calle y pensaba en una persona. A lo lejos, la vió. Frotó sus ojos en intento de volver a lo real, pero el tiempo se disolvió en una sonrisa distante. La aproximación fué como en cámara lenta y pudo percibir en eso el movimiento de la belleza. Charlaron como negando lo mágico, tratando de recrear  lo sucedáneo cotidiano.  Sintió que sus gestos emanaban descontrolados, que expresaban  aquello impronunciable, sobre todo sus cejas titilantes y aquel pequeño gesto, indescriptible en su boca. En un abrazo, se hizo materia el pulso de los cuerpos. Caminó erguida unos pasos, sin incertidumbre, como suspendida en otra dimensión y al mirar  el suelo encontró una vaina, una vaina de un árbol, abierta, seca y sin semillas, una vaina con la forma del nombre de la persona encontrada. Quizás, pensó, las semillas faltantes habían germinado  antes ese instante. Ella, crea mundos con la imaginación. La imaginación es fértil y fecunda. Ella vió al tiempo deshacerse en un nombre y a un nombre deshacerse en el tiempo.

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