El tiempo es oro (Ignacio Gallach Pérez)

“El tiempo es oro, el tiempo…” repetía imperturbable a las súplicas.
Mis desafortunados acompañantes y yo nos sentíamos absolutamente aterrados. Proferíamos gritos, golpeábamos las paredes o nos deshacíamos en rezos… aunque la mayoría solo se limitaba a llorar. Nos escocían los extremos de los dedos como si nos estuviesen quemando con fuego o nos los hubiesen rociado con algún tipo de ácido. Sumergidos hasta el pecho en algo así como una masa compuesta por escamas, no supimos dónde estábamos hasta que parpadearon las luces, que zumbaban en el techo, sobre nosotros, como un enjambre de abejas. Nos había encerrado en un enorme reloj de arena, solo que, en lugar de granos, nos estaba enterrando con una incesante lluvia de uñas. La suma de la de todas sus víctimas. También las nuestras. A veces nos caían dedos enteros. “No me ha dado tiempo”, alegaba ansioso. Al final, cuando las uñas me empezaron a entrar por la nariz, cuando comenzaron a rasgarme la garganta, cuando el poco aire circundante se convirtió en asfixia, comprendí cuál era su mensaje. Las uñas tienen en su composición una parte, aunque minúscula, de este preciado elemento. Ese era su único anhelo.

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