Tierra yerma (Manuel Pérez)

    Entramos en la ciudad sitiada a media tarde, bajo un sol abrasador que creaba espejismos de agua a nuestro alrededor. Mientras los rastreadores buscaban supervivientes entre los escombros, busqué refugio a la sombra de un maltrecho muro, junto a un niño que sujetaba entre sus pequeñas manos el dibujo a carboncillo de una mujer tendida sobre lo que parecían nubes de algodón.
    Dejé mi mochila en el suelo y le pregunté curioso:
    –¿Puedo verlo?
    Accedió entusiasmado.
    Tras admirar su destreza, le regalé una caja de lápices de colores que llevaba junto a una pequeña libretilla donde anotaba una breve crónica de todo lo que estaba sucediendo desde que estallara el conflicto, a modo de diario, acompañando el texto con alguna ilustración.
    –Tú los necesitas más que yo –suspiré convencido.
    El niño esbozó una tímida sonrisa y se marchó.
    Pero regresó minutos más tarde para mostrarme el dibujo, ya coloreado. En su gesto vi un pequeño rayo de esperanza, y me emocioné.
    …Pero al contemplarlo, mi garganta enmudeció. Había pintado a la mujer de negro, el cielo marrón, como la tierra que pisábamos, y las nubes de rojo.
    –Lo siento mucho —murmuré abatido. Y regresé junto al pelotón.

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