Tras las tinieblas (Salvador Durbán)

Año de 1908. Viernes, 17 de enero.

El capitán ha muerto. Nada he podido hacer por él. Desde que una espesa niebla nos envolviera, hace hoy trece días, ha perecido toda la tripulación sin causa aparente alguna. ¡Qué extraña maldición se cierne sobre la Cuillin!, una modesta goleta de dos palos, a un día de tocar tierra, en la que solo quedo yo con vida.

Sábado, 18 de enero.

Escribo estas líneas con renovadas energías, pues esta mañana subí a cubierta el cuerpo del capitán, cosido en su coy, decidido a darle sepultura arrojándolo al mar y a despejar, si podía, el misterio de tanta muerte. Y así como tras las tinieblas se oculta la luz, y tras la ignorancia aguarda la verdad, hoy, por fin, disipada la niebla, he alumbrado, por vez primera, a mi más honda y desconocida naturaleza al contemplar reflejado al asomarme al mar, y con meridiana claridad, a mi diabólico rostro, mientras que, con repentino regocijo, me deshacía de mi última víctima de la tripulación. ¡Qué extraordinaria resulta la psique!, que durante tanto tiempo puede ocultarnos nuestra verdadera condición aunque sospecháramos de ella para, finalmente, en un acto de celebración de la libertad, acabar por revelárnosla.

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