Un trece de junio (Carlos Antonio Reyes Cortez)

Me devolvió aquel carro de juguete que le había regalado, diciéndome que lo guardase en el lugar más importante que teníamos, aquel lugar secreto que sólo él y yo a los diez años descubrimos en el patio de la casa, debajo de las piedras grises que hoy veintitrés años después ya no existen, se fue… me dejó a los doce años, añorando las travesuras de la honda y las piedras, de las caminatas en aquellos naturales toboganes de tierra y hierba, me dejó extrañando el calor de sus abrazos y sus cuidados envalentonados con desafíos de querer ser mi guía, mi ejemplo. Advirtió que era fuerte y débil al mismo tiempo, me escribió en la nubes muchos mensajes de su bienestar, me pasé pensándole y contándole todas mis necesidades y le confié en mis soledades la falta que me hacía, lo encontré un día sin más, como si el tiempo no hubiese transcurrido, como si sus palabras fueran las mismas que contemplé a los doce años, encontré veintitrés años más tarde o más temprano a mi hermano en la distancia, a mi otro yo que también viví, en otro país lejano, porque la distancia no nos separó, esa distancia, cada año, cada mes, cada día, cada minuto, cada segundo, nos ha unido más para llamarnos hermanos.

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