Treinta segundos (Sara Nadalutti)

En el mismo lugar, un emblemático café de Buenos Aires, sobre avenida de Mayo, debían encontrarse a la hora esperada, seis de la tarde de cada jueves. El abarrotado espacio era un paisaje ahogado por un vaivén de personas; mozos que esgrimían movimientos con sus bandejas, dibujaban en el aire redondeces con el humo del café, casi como garabatos de un tenue pulso que siempre distraían al pasar.
Buscando con la mirada la mesa, la misma mesa, que los cobijo desde hacía un año, ella caminó en su dirección, dispuesta a adentrarse, por un momento en la profundidad de la ventana. A la espera de la hora indicada, acomodó su cuaderno en dirección a la ventana y así también sus esperanzas. El bullicio del lugar no logró distraerla.
Seis de la tarde, reloj, y treinta segundos que marcó el semáforo en rojo, el que daba justo frente a su ventana. Ella sostuvo con fuerza su mirada y con sus manos, lo que quedaba de tinta en su pluma. Su café, poco a poco perdió calor, mientras la ventana, la arrastraba junto con la luz de la tarde a los ojos de transeúntes que simulaban volar. Y así, como cada jueves, en su mirada de pájaro distraído de tanto cielo, logró verlo cruzar su camino, otra vez.

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