Última escena (Antonio Diego Araújo Gutiérrez)

A Jack Simmons, detective privado, le pegaron un tiro. Investigaba el caso de una mujer desaparecida y aquella tarde le siguió la pista hasta aquél lugar infame. Fue una encerrona apoteósica y prolongada, los disparos se sucedían sin tregua, silbaban a cámara lenta a su alrededor; algunos salían rebotados de su parapeto e iluminaban fugazmente el callejón. Un rastro creciente de sangre fue naciendo de su pierna derecha. Estuvo desangrándose toda la noche, una noche que se le hizo eterna.

A la mañana siguiente estaba muerto. En el mismo momento en que un inspector de policía se inclinó sobre su cuerpo para cerrarle los ojos, sintió cómo su muerte se arrugaba igual que un folio que cayera al fondo de una papelera. De repente las nubes dieron marcha atrás, el cielo volvió a oscurecerse, el reguero de sangre regresó a sus venas, improvisó un torniquete, hizo puntería en los cuerpos de los dos gorilas trajeados que le hostigaban, se arrastró hasta la boca del callejón, subió al coche como pudo y terminó rescatando a la chica que ahora vela por él en una habitación de hospital.

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