Su última partida de póker (Joaquín Gamboa Pérez)

A primera vista no parecía un caso que pudiera despertar el interés del inspector.
El cuerpo estaba tirado en el suelo, con un disparo en el pecho, muy probablemente a bocajarro, a juzgar por la cantidad de sangre sobre la mesa.
La silla enfrente de la víctima, desde donde se había producido el disparo, estaba también tirada en el suelo. Esto indicaría que el asesino habría actuado sin pensar, presa de la rabia. Perfecto, encontrarían huellas por todos lados.

Había cinco cartas ensangrentadas sobre la mesa, en el lado de la víctima, pero junto a él, en el suelo, había una sexta, aún sobresaliendo de la manga de una chaqueta que nadie vestiría ya en Mayo. El pobre insensato había intentado hacer trampas al tipo equivocado.
Para simplificar aún más las cosas en un caso ya por sí cristalino a sus ojos expertos, en la mesa de aquel destartalado almacén había cuatro manos de póker, y por lo tanto dos testigos, que habrían huido presas del pánico.
Sonrió levemente; cualquier novato que aún se marease al ver la sangre resolvería el caso en un par de días.
Así que, cuando oyó sonar las sirenas, se limitó a dejar caer su arma y se arrodilló con las manos en la nuca,  más que resignado.

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