El último Re (Alejandro Lapresta Fernández)

Perros vagabundos sin aullidos, con barba de pordioseros, arrastraban sus pies por el barro como espectros para no morir en un charco de heces. Una espesa niebla velaba el desanimo y una ventisca apagaba las palabras. Vientos sin gloria golpeaban banderas con colores desvaídos y emblemas taciturnos que resultaban alegres en aquel santo entierro con la cruz de San Andrés mirando a un imperio donde ya se ponía el sol. Bravíos, y briosos y recios, españoles, napolitanos, alemanes y mercenarios caminaban en un sin Dios con las picas mirando a los cielos implorando su perdón. Cualquiera diría que fueron derrotados, pero habiendo vencido y tomado Maastrict entraban en su fortaleza como la Santa Compaña, con el ánimo vilipendiado ante las innumerables bajas de infantería y con nueve capitanes reuniéndose con Dios su creador. Excesiva quita para tan poco logro. No se diferenciaban del cortejo fúnebre que encabezaron a la muerte de Don Juan de Austria un año atrás, con Lope de Figueroa mostrándose como un hombre, delante de sus hombres.

Con la muerte siempre en el gaznate, mirarla a los ojos era lo más dulce que les podía pasar, en años, a los últimos hombres del Tercio Viejo de Granada.

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