Una buena estrella (Graciela Teresa Rodríguez)

Con humilde y pálido fulgor, una diminuta estrella sin nombre se empeñaba en iluminar la noche y cumplir la misión de toda buena estrella: auxiliar navegantes perdidos, acompañar a peregrinos exhaustos o dar esperanza a quienes elevaran la mirada al cielo. Sabía que algún día se extinguiría para siempre, pero contaba con que varios milenios más tarde, recorriendo infinitos kilómetros y aun con una luz casi imperceptible, iluminaría tinieblas y soledades, trascendiendo así su propia muerte.  Esa certeza la impulsaba a continuar, no tanto por apegarse a la vida, sino para prolongarse más allá de sí misma.  Hasta hoy la ciencia no ha podido establecer con exactitud si aquella insignificante estrella ha dejado de existir o aún pervive, aunque en realidad poco importa. Lo único seguro es que cada noche brilla desde aquel punto remoto del universo y, en su esfuerzo por arrojar luz, es la última en desvanecerse antes del amanecer contra su propia voluntad, pues aunque cueste creerlo, en algún tiempo difícil de determinar, el sol, jurándole relevarla sin desmayo, finalmente logró convencerla de un merecido descanso con la llegada del día.  Por supuesto, solo hasta la noche siguiente.

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