Una canción (Guillermo)

Miraba sus pies en vez del camino que le tocaba de andar. Era en sí misma una canción de el Cabrero. Era el sonámbulo de los buhoneros.
Tenía todo lo que se merecía y no merecía nada.

Huía a toda prisa de un cielo que se rompía en dos. La lluvia había embarrado todo. Las gotas corrían por su pelo como si fuesen un par de niños huyendo de la edad adulta.
El día era frío y había sido un error salir de casa. La razón que la movió a hacerlo era bien sencilla:deseaba ver a los sauces de cerca. Nunca había visitado el parque sola y ardía en deseos de contemplar la majestuosidad del gran jardín.
Desde su posición no alcanzaba a ver apenas dos o tres metros más allá. La gotas que caían eran tan gruesas que impedía la visión.

Se encontraba cansada, pero feliz, había conseguido lo que pretendía: ver a los sauces llorones llorar.
Se dejó caer, apoyando su espalda en el tronco del sauce. Se imaginó cómo sería la vida sin árboles, sin vida, sin todas esas plantas. Y de tanto imaginar se quedó sumida en un sueño sin sueños.
Nadie lo supo jamás, pero esa misma tarde lluviosa de octubre, los sauces llorones por primera y última vez, se miraron los unos a los otros, y sonrieron.

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