Una de muchas (Empar Argudo Alegre)

Almudena se decidió al fin a contarle su pasado a su hija:
Creo que eres lo suficientemente adulta para saber lo que pasó, para que veas cuán cruel puede llegar a ser la tierra que pisamos -le dijo sin temor-.
Con tu misma edad pisé mi segunda casa de acogida. Con quince años había pasado por dos orfanatos, una casa de monjas y una familia provisional; por tanto, nunca llegué a pensar que esa sería mi última parada en el tren. ¿Esperanza? No hija no, eso no se estilaba, vivíamos con la conciencia intranquila por las noches, el rún-rún de una conciencia que no me pertenecía. Tú no elegías quién eras, eras quien tus padres habían sido. Yo era una especie de peste que cuanto pisaba ennegrecía, era la hija de unos rojos asesinados en el campo de batalla que nadie recuerda por cómo eran, sino por con qué brazalete habían optado en el tiroteo habitual de cada día.
Esa noche lo odié todo, a tus abuelos, a tu tía, a mí por haber nacido. Quise desaparecer, olvidar, empezar de nuevo, pero eso tampoco se estilaba, como si llevases un tatuaje que pusiese: soy hija de republicanos, repudiadme.

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