Por una patata frita (Ángel Luis Solano Atienza)

El hombre no se detuvo en el paso de cebra. Pasó con el coche ignorando a la mujer que se había quedado en la acera. Su acompañante en el coche, otra mujer, levantó la mano a modo de disculpa.
Al cabo de un rato, la mujer le dijo que parara el coche. “¿Por qué?”, dijo él de mala gana. “Por favor, para ahora”, dijo ella, casi gritando. Él se giró hacia ella, sorprendido, con las cejas levantadas: “Está bien”.
Se detuvo en un pequeño descampado. “Bueno, ¿qué te ocurre?”, preguntó él sin abandonar la mala gana. “No te paraste en el paso de cebra”, dijo ella. “¿Qué?”. “Que no te paraste, y eso que la habías visto”. “Y qué. Nadie lo hace”. “Yo sí”. “¿Y qué quieres, un aplauso?”. “No, quiero dejarlo”. “¿Qué?”. “Que lo dejo. Se acabó. Ya no quiero estar más contigo”. “¿En serio? ¿Por esto?”. “No solo por esto. El otro día…”. “¿Qué pasó el otro día?”. “Te comiste la última patata frita”. “¿Qué?”. “Sí, bueno… casi todas las patatas fritas”. “¿Y?”. “¿Lo ves? Por eso te dejo”. “¿Ahora?. “Sí, ahora”. “¿Estás segura?”. “Sí”.
Se miraron en silencio durante unos segundos. Él sacudió la cabeza, y dijo: “Está bien. Adiós”. “Adiós”, dijo ella y se bajó del coche.

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