Una tarde de otoño (Elena Gil de la Cruz)

Hacía mucho viento. Como de costumbre, pasaba las horas observando a la gente que corría ante él en todas direcciones, imaginando el destino de sus frenéticos pasos. Eran muy pocos, por no decir ninguno, los paseantes que parecían reparar en el incesante aire, cada vez más fuerte, más sibilante, más poderoso. De repente, notó que la última de sus hojas se desprendía de su ser y caía a la arena dibujando en el aire una espiral imaginaria. El calendario aun no había dado por concluido el otoño, pero en aquel preciso instante daba comienzo el invierno para el viejo castaño del parque.

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