Venganza (Manuel Álvarez Iglesias)

Cerró el libro… o los ojos. Arrellanado en el sofá, rodeado por las lúbricas sombras danzantes de las llamas, el marqués se deleitó con el golpe seco de las últimas palabras que había leído, resonantes como martillos en la forja del destino: “Cuando el deshonor es público, la venganza también ha de serlo”. Qué regalo, libro mío, murmuró satisfecho, qué luz he hallado en ti al buscar respuesta y refugio a mi dolor. Esta noche, pensó… o soñó… Esta noche.

La ciudad despertó sobrecogida, herido de muerte el silencio del amanecer, desgarrado el horizonte por los gritos de los primeros testigos, rota sin remedio la paz soñada de las almas dormidas. La más extrema crueldad se había apoderado de las calles, ensangrentadas bajo el tibio sol de un día recién nacido. En el viejo castillo del marqués, la chimenea se había apagado y en el suelo, junto al sofá, todavía caliente, una página arrancada temblaba mecida por la fría brisa matinal, inocente y culpable, real y soñada, recuerdo y olvido de que en los libros uno siempre corre el riesgo de encontrarse a sí mismo… o de perderse para siempre, allí, y desaparecer, confundido entre palabras.

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