Verano del 77 (Tomás Sánchez Rubio)

Ha llovido mucho desde aquella calurosa noche de agosto en la piscina de los apartamentos Zodiacs -como la inolvidable canción de Roberta Kelly-, donde pasaba los veranos de mi adolescencia.
Fue entonces cuando la besé por primera y última vez.
Por la mañana la veía en la playa tomando el sol con su bikini de rayas rojas y blancas. Su padre no le perdía ojo, sentado en una incómoda silla plegable bajo la gran sombrilla azul por fuera y con grandes flores por dentro. No había quien se le acercara.
Esa noche decidí dirigirme a ella. Aproveché una “lenta” para pedirle bailar. Un cantante con bigote poblado cantaba con voz melosa “amiga, hay que ver cómo es el amor…” Inmediatamente antes habíamos escuchado por sexta vez aquel tema de una estrella italiana rubia platino que afirmaba -no sin razón, lo sé ahora- que “es peligroso decir siempre la verdad…”
Acabamos paseando descalzos por la arena. A lo lejos sonaba “I can boogie, boogie, boogie…” Hablamos durante horas, hasta salir el sol…
No esperaba verla hoy con su nieto en aquella misma playa cuatro décadas después.
¿Se acordará de mí?

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