El veredicto (Diciembre tardío)

La margarita, desnuda, tiembla.
Le asusta el aire que se lleva sus pétalos.
Se sabe inútil, ahora que se ha quedado sin voz. Sin fuerzas. Quiere desaparecer, sin pronosticarnos antes un amor eterno. Un futuro que compense este inesperado presente donde todo se reduce a este tu yo frío que se alza una y otra vez contra mis errores.
Y las capas de silencio, ensuciándolo todo.

Como los pétalos, al volar por el jardín.

La miro y me miro las manos, que aún huelen a crimen.
Pero como las otras, esta margarita ya no dirá nada más. Ninguna corregirá su veredicto después de dar fecha de caducidad al amor que nos tenemos.

Qué sabrán ellas de nuestro querer.

De esa pasión que tú me demuestras cuando corriges mis fallos llenándome de moratones o de lo breve que es la distancia que nos separa cuando te vas sin despedirte y dejas mi desayuno a medio tomar volcado sobre el fregadero.

Una pasión en la que nunca duermo.

Pero la última margarita del jardín no nos ha entendido. Prefiere mentir y darme la espalda.

Y no tengo más remedio que pasar la tarde leyendo nuestro porvenir en las nubes.

O esperando que florezca otra siembra de primavera, cuidando de tu amor.

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