El viaje de Bantú (Ignacio Cobo)

Bantú se ayudó de su hermano para encaramarse a la tapia, con el fin de adivinar lo que escondía el otro lado. Una vez arriba contempló la llanura infinita, que resplandecía dorada y moteada de acacias. A lo lejos, en el confín de su memoria, se erguían cien jirafas manchadas –o cien manchas ajirafadas– que gozaban tranquilas y eternas. Más próxima en ese océano, emergía una isla de adobe que se retorcía en ritmos percusivos y voces graves. Vió sonrisas de marfil perfiladas con ópalo y creyó oír un sabar invitándole a correr. Junto a la tapia, muy cerca de Bantú, se ahumaba el aire y silbaba el metal. El color de la arcilla y la sangre se enredaron para encapotar el cielo. Una ráfaga precipitó a Bantú hacia el suelo yermo durante generaciones…
– ¡Bantú! ¡Bantú! – Anwar le zarandeaba bruscamente.
Bantú reaccionó somnoliento:
– ¿Qué ocurre? – dijo desperezándose.
– ¡Siempre te escabulles en el mismo sitio! Es hora de marchar.
Anwar apoyó el fusil en la tapia mientras su hermano grababa un sol en la corteza de un árbol cercano.
– ¡Ven de una vez! – Gritó Anwar haciendo aspavientos con los brazos.
Bantú se ayudó de su hermano para encaramarse a la tapia…

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