El viaje sin retorno a las pastillas azules (Marta Furió)

Alineadas paralelamente las tres rayas esperan a ser esnifadas. Solo una había sido consumida la noche anterior. Mientras, éstas aún descansan sobre un viejo móvil en un cajón que abre y cierra con cuidado para no desperdiciar ni un miligramo de la sustancia que duerme a caballos y caballeros. Este mundo se le queda pequeño, por eso siempre anda explorando el más allá y el más acá; lo inalcanzable e inexplicable a los demás; un lugar solo para él donde su alma esté tranquila y silenciosa, donde los únicos virajes sean los que forma la sucesión de Fibonacci.
En la habitación contigua ella reflexiona sobre la distancia que puede crear un tabique, mucho mayor que seiscientos kilómetros, y más agobiante porque el espacio es menor, y eso la asfixia.
Los dos en una distinta calma; taciturnos y cobardes; ausentes y doloridos; esperando que pase el tiempo, que se expande y hace eternos los segundos silenciosos.

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