Vigilia (Fuensanta Gonzálvez Sánchez)

Sigilosa recorre el pasillo con los pies descalzos, de puntillas. El sofocante calor de la noche no perdona la vigilia y el dulzor penetrante que trae con ella la hace muy pesada para tanta cautela.
El pensamiento de una mirada observándola desde algún lugar recorre su espalda provocándole un escalofrío.
Cautivada por el perfume silencioso de las estrellas se detiene a contemplar su destello para memorizar dónde se posa y retener un poco de su aroma.
La música se ha vuelto transparente y las notas de sus pies descalzos es el recuerdo del eco que su respiración agitada por la emoción ahoga.
Un violín cobra volumen y acompaña a la memoria resuelta que se ha quedado muda como la voz pero viene cargada de imágenes.
Los pétalos de los claveles se mueven al compás del ‘cri’ de los grillos que llegan de la noche anterior. Los acompañan silbidos de hombre felices y se crea la melodía del sueño.
Irrumpe una lluvia fina y un pájaro empieza a cantar suave. Todavía no amanece pero la noche ya está despierta.
Sentada en silencio sobre una piedra modelada por el viento, mientras la brisa despeja sus sentidos, se mece y se deja llevar fluyendo a lomos del tiempo, rescatando su inocencia.

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