Virtual (Raúl Clavero)

Ella me dijo que tenía veintiséis, yo no le confesé que peso casi cien kilos. El restaurante del centro en el que nos citamos era, en realidad, una cervecería. Yo fingí no ver sus canas, y ella disimuló ante mi mal aliento. Charlamos de trivialidades. Tienes una voz preciosa, mentí yo. Me encantan tus manos, susurró ella tomando entre las suyas mi rolliza colección de dedos. No se llamaba Clara ni yo Fernando, pero la urgencia del deseo aplazado pudo más, y antes de la medianoche ya nos dirigíamos hacia el hotel con el que fantaseábamos en el chat, convertido en esta parte de la existencia en una pensión de veinte euros por cama, ínfima y maloliente. La madrugada de sexo salvaje que nos prometimos quedó reducida a diez minutos de sudor excesivo y jadeos torpes. Estás hecho un semental, gritó ella con voz impostada. Todo su cuerpo sabía a colonia barata, y en su mano izquierda se podía adivinar la huella reciente de un anillo. Nos vestimos en silencio. Al otro lado de la pared se escuchaban gemidos profundos.
-Quedaremos otro día, ¿no? – pregunté por compromiso

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