Visitas nocturnas (Helia G. Rivero)

La bufanda, colocada de manera apresurada sobre la silla, llegaba hasta el suelo, ayudando a que al día siguiente hubiera menos que barrer. Sin embargo, en la oscuridad de la noche, mis sentidos se nublaron y creyeron ver, ahí donde sólo había un montón de lana entrelazada con esmero, una amenazante boa deslizándose hacia mí. Con la luz apagada y las zapatillas aparcadas a los pies de la cama, nada es lo que parece. La visita, inesperada y sigilosa, llegó sobre la una de la madrugada. Un hombre corpulento y sin mala intención, al menos a simple vista, decidió sentarse en mi salón y ponerse a ojear el periódico del día anterior. Se colocó de espaldas a mí y traté de adivinarle el rostro, pero me tuve que conformar con escuchar su respiración, pausada y profunda, a través del resquicio de la puerta que siempre dejo abierto. Después, aquella amenaza de espaldas anchas y respiración acompasada se desvaneció en el suelo hasta quedar convertido en una masa informe en la que sólo pude distinguir, ya al encender la luz, una manga y un par de botones.

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